lunes, 19 de diciembre de 2016

¿Por qué sigue haciéndolo si le he dicho que no?

Seguro que esta situación os resulta familiar: Los niños hacen algo que no deben, les decimos que eso no se hace, se lo decimos bien, con buenas palabras,... y acto seguido lo vuelven a hacer. Se lo volvemos a decir, otra vez por las buenas, nos miran y... lo vuelven a hacer. Probamos de otra forma, gesto serio, ceño fruncido, tono firme, a ver si esta vez... Nop, lo ha vuelto a hacer. Nos empezamos a enfadar, nuestro tono se vuelve más brusco, pero sigue sin funcionar, lo vuelve a hacer. Perdemos los nervios y empezamos a adentrarnos en el ámbito de los castigos, los gritos, quizás incluso los cachetes... Ese territorio que no queremos pisar porque hemos decidido dirigir nuestro camino por la senda de la crianza respetuosa. Así que nos asalta la duda. ¿Qué pasa? ¿Por qué no funciona? ¿Por qué sigue repitiéndolo a pesar de que le digo que no? ¿Será que la crianza respetuosa es incompatible con la disciplina?



Para poder responder a estas preguntas primero necesitamos pensar en la causa de ese comportamiento, y normalmente la causa varía dependiendo la edad del niño.

Cuando son bebés:

Los bebés no tienen capacidad de autocontrol, así que si sienten un impulso, las posibilidades de que se pare a sí mismo son mínimas, por no decir que ninguna. El impulso puede nacer de muchas situaciones: puede que sea por frustración, o incluso por alegría, puede que fuera una caricia de la que no midió la fuerza (el movimiento de una caricia y de una torta es muy parecido, básicamente varía la velocidad y la fuerza). La causa en ese caso puede ser muy variada, pero una vez que le decimos que eso no se hace, ¿por qué lo repite?

Tal y como yo lo veo, los bebés son pequeños científicos y tienen el cerebro programado para aprender el máximo de cosas posibles en el menor de tiempo posible. Ese aprendizaje requiere explorar y eso implica a menudo ir en contra de nuestros deseos. Su cerebro le impulsa una y otra vez a descubrir cosas como: "¿Qué es esa cosa con dos agujeritos que hay por toda la casa?", "¿Qué es eso que se mete mi papá en la boca?", "¿Qué pasa si tiro este juguete al suelo?", "¿Qué pasa si se lo tiro a alguien?", "¿Qué pasa si estrujo la comida fuerte con la mano?", "¿Qué es eso del suelo?", "¿A qué sabrá?"... Os hacéis una idea. No es que no quieran hacernos caso, es que entre hacernos caso y descubrir cosas, su cerebro siempre se inclina por descubrir. De aquí la importancia de tener un espacio seguro para que el bebé prueba explorar sin tenernos todo el día interrumpiéndoles, y el tener algo de laxitud con cosas que no implican un riesgo elevado, para darles la oportunidad de aprender de forma segura lo que necesitan.

En este sentido, una de sus "disciplinas científicas" favoritas y de más importancia es la antropología. Básicamente eso significa que nos utilizan como banco de pruebas para descubrir el  mundo que les rodea. Si hacemos algo que les resulta interesante, van a intentar causarlo de nuevo para poder volverlo a observar e intentar así sacar conclusiones. Si la reacción la han provocado ellos, les resulta doblemente fascinante, porque descubrir que pueden tener efecto sobre nosotros es una sensación muy poderosa.

Así que imaginemos, imaginemos un bebé que quiere hacernos una caricia y como no mide bien la fuerza nos da un guantazo. Damos un grito de la sorpresa y le decimos muy serios "¡no se pega!". El peque no entiende bien qué ha pasado, así que lo vuelve a hacer para ver qué pasa. Mientras más interesante sea nuestra respuesta, más posibilidades hay de que vuelva a hacerlo. Y si la respuesta va cambiando constantemente, más trabajo le va a costar entender lo que pasa y más necesidad va a sentir de repetirlo para intentar sacar una conclusión. ¿Qué es lo efectivo en estos casos? Una reacción firme pero muy neutra, casi aburrida y siempre la misma, tal y como os contaba en esta entrada.

Esta función de pequeños antropólogos es algo que está presente toda la infancia en realidad, y seguramente el resto de su vida. Solo que cuando vamos madurando, vamos mejorando nuestro autocontrol con lo que nos ponemos filtros en qué cosas podemos hacer y qué cosas no. Un adolescente también va realizando esa función, ese testar los límites de la persona que tiene delante para poder entender cómo es, cómo funciona, cuáles son sus normas en realidad.

Con niños más mayores:

Cuando ya no son bebés, los niños ya saben la teoría de muchas de las normas que tenemos. Saben que pegar está mal, saben que no queremos que toquen ciertas cosas... Pero saberlo no es lo mismo que ser capaz de controlar el impulso. 

Recientemente se ha publicado un estudio que habla sobre la disparidad que hay entre la edad en la que los padres pensamos que los niños pueden controlar sus actos y la edad en la que neurológicamente desarrollan esa capacidad. Una mayoría de padres cree que los niños deberían ser capaces de controlar sus impulsos en torno a los dos años, cuando los científicos dicen que ese control COMIENZA a desarrollarse entre los 3.5-4 años, y se va desarrollando paulatinamente hasta madurar por completo entrada la veintena. Evidentemente esto es una generalización basada en investigaciones y en datos estadísticos extraídos de ellas, lo cual no quiere decir que no haya niños que empiecen a mostrar autocontrol antes de los 3 años, o treintañeros con evidentes faltas de control de impulsos. Pero no es la norma. Esta disparidad entre nuestras expectativas y la realidad del niño provoca muchas veces que pensemos que hacen las cosas a propósito cuando no es así. Entender esta realidad muestra lo absurdo de castigar o penalizar a niños por comportamientos que son totalmente apropiados a su nivel madurativo y que en realidad están fuera de su control.

Entonces tenemos claro que actúan por impulso y que por norma general no son capaces de controlarlo. Pero, ¿qué causa ese impulso para repetir la acción? Generalmente, tienden a repetir una acción porque no están obteniendo la respuesta que necesitan. Si un comportamiento está comunicando una necesidad, pero nosotros no somos capaces de ver esa necesidad subyacente, la comunicación no está siendo efectiva y el niño siente el impulso de volver a intentarlo a ver si esta vez lo entendemos. Y probablemente la intensidad irá en aumento. Sería como un diálogo de sordos:

- ¿Qué hay de comer?
- Las siete y cuarto
- No me has entendido. Que qué hay de comer.
- Las siete y cuarto te he dicho.
- ¡Que no! ¡Que qué hay de comer!
- ¡Qué pesado! ¡Que te he dicho que las siete y cuarto!

Lo pilláis, ¿verdad? Pues es algo así. Imaginad un niño que acaba de convertirse en hermano mayor, y lo está pasando realmente mal, lo cual se refleja en un comportamiento muy difícil. Por ejemplo, cuando mamá está amamantando al bebé se pone a dar patadas a las cosas o a tirar juguetes. Si nos centramos en corregir o castigar esos comportamientos, estamos obviando el mensaje que hay detrás: "Tengo miedo a que me olvides. Yo también te necesito". Si obviamos el mensaje y vemos solo el comportamiento, probablemente optaremos por reñirle o castigarle o mandarle a su habitación, con lo que estaremos agravando el problema que hay detrás. El niño va a seguir sintiendo el impulso de comunicarse contigo así, porque no tiene aún herramientas emocionales y verbales para hacerlo de otra manera. Si en lugar de ver el comportamiento, vemos lo que hay detrás, seremos capaces de decirle: "Es difícil verme con tu hermano, ¿verdad? Te quiero muchísimo. ¿Por qué no me traes uno de tus cuentos y te sientas a mi lado para que pueda leeroslo a los dos?" Esta respuesta sí sería una respuesta apropiada al mensaje que hay tras su comportamiento y por lo tanto tiene más posibilidades de satisfacerle y hacer que el comportamiento pare.

Lo difícil de todo esto es precisamente ser capaz de ver qué es lo que hay detrás. Pero por eso precisamente creo que es tan importante asimilar verdaderamente aquello de "No se está portando mal, lo está pasando mal," porque cuando ves un comportamiento negativo tu instinto no va a ser pararlo o corregirlo cuando antes y como sea, sino pensar qué le puede estar pasando y cómo puedes ayudarle.



La importancia de la inteligencia emocional

El ser humano es un ser eminentemente emocional. Aunque durante muchos años la tendencia haya sido reprimir las emociones, el caso es que la ciencia ya nos está diciendo por activa y por pasiva que esto es una tendencia muy negativa. Es importante aprender a gestionar las emociones, a permitirse sentirlas y expresarlas de manera sana, sin hacerse daño a uno mismo ni a los demás, y aprender también a escucharlas y aceptarlas sin juzgar. Cuando trabajamos la inteligencia emocional con nuestros hijos desde el primer momento, les estamos dando herramientas que nos van a facilitar el trabajo más adelante.

Un niño que aprende a identificar y nombrar sus emociones, que confía en que sus padres o sus adultos de referencia las van a validad, y a respetar, que tiene la seguridad de que sus emociones son normales es más probable que crezca en un adolescente que se comunique mejor, y ese factor de utilizar el comportamiento para comunicar necesidades o emociones con las que no se sienten cómodos, o que les da miedo, se va a ver disminuido.

Evidentemente todas las etapas de desarrollo tienen años de transición en los que las emociones, las sensaciones, las dudas son nuevas y les produce inseguridad y miedo. Son estos años de transición, precisamente, los que resultan más difíciles durante la crianza. Pero si continuamos con nuestro estilo de crianza promoviendo la inteligencia emocional, y atendiendo a la causa antes que al comportamiento en sí, conseguiremos que los niños se familiaricen con esas emociones antes, y que por lo tanto ese periodo de transición sea más corto y un poco más fácil. 

Así que la próxima vez que te pilles pensando "¿Por qué no para? ¡Lo he probado todo y no hay manera!" Olvídate de todo lo que creías saber sobre disciplina. Olvídate de los consejos apocalípticos que te avisan de los peligros enormes de que te tomen la mano y se te suban a las barbas. Olvídate del aquí mando yo. Olvídate del "ellos contra nosotros". Olvídate de todo eso y mira a tu hijo. Obsérvalo de verdad, tal y como es, una persona que te quiere y que te necesita independientemente de lo que parezca, que aún es un niño y que aún está aprendiendo. Piensa qué puede haber detrás de ese comportamiento. Qué puede ser lo que te está comunicando que no estás siendo capaz de ver. 

Al fin y al cabo, si nada está funcionando puede ser el momento de probar algo nuevo.



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¡Feliz Crianza!

7 comentarios:

  1. Mi hija tiene 2 años y me es imposible hacer que no tire todo al suelo. No es que rompa cosas, pero le gusta tirar al suelo sus juguetes, lápices, todo...hasta que no se puede ni andar. No se que me querrá decir, la verdad... Es muy feliz y no tiene hermanos aún.

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    1. Con dos años entra más bien el factor "pequeño científico". Puede que lo haga porque está experimentando con la ley de la gravedad (tirando las cosas y observando qué pasa, el ruido que hace, si se rompe o no), o puede que sepa que te molesta y esté experimentando con tus reacciones, o ambas cosas. ¿Qué haría yo? Reducir el número de juguetes que tiene a su alcance todo lo necesario para que si lo tira todo deje de molestarte; dejar a su alcance sólo juguetes que no se rompan, o que no te importe que rompa, y que no puedan romper otras cosas o hacer daño; y darle oportunidad de jugar en un sitio apropiado con pelotas y otros objetos "tirables" para que pueda jugar a tirar todo lo que necesite. Aunque no entendamos muy bien en qué concepto está trabajando ese pequeño y maravilloso cerebro, está claro que está trabajando en algo. Y mientras más posibilidades tenga de practicar, antes llegará a sus conclusiones y antes pasará a la siguiente etapa.

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  2. Mi hija tiene 14 meses y su activadad preferida es abrir la nevera he tratado que hacerle entender por todos los medios que no esta bien. Pero ella no entiende siempre vuelve a lo mismo ya no se que mas hacer es super traviesa cuando no esta sacando las cosas de la nevera, saca la basura de los botes. O los trastos de las alacenas. No se que me quiere decir pero es bastante cansado vivir un dia asi.

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    1. En casos de niños tan pequeños lo que les impulsa una y otra vez es el afán de exploración y descubrimiento. Ya sea de su entorno como de nuestras reacciones. En los ejemplos que pones, la mejor opción es buscar cierres a prueba de bebés. O directamente una barrera en la entrada de la cocina para que no pueda entrar allí si no tienes forma de adaptarla para ella. Y tal vez le venga bien que le proporciones unos cuantos trastos de cocina para explorar a su antojo si no lo has hecho ya. Personalmente, a mi hijo le habilité un armario de la cocina para él. Ahí están sus utensilios de cocina, platos, vasos, cubiertos. Ese armario podía abrirlo y trastear a su antojo, así que cuando quería investigar uno de los otros lo redirigía al suyo. Pero si con tu hija redirigir al sitio apropiado no funciona, recomendaría o adaptar la cocina o no permitir que entre. (Lo sé, ahí entraría el llanto, pero eso es otra historia. Si pones una barrera y tú estás a un lado y ella a otro, llorará porque quiere estar contigo, pero mientras esté a salvo solo tienes que validar sus emociones, decirle que estás haciendo lo que sea y que pronto terminarás y estarás con ella. Y cuando termines, vas, la consuelas y reconectas con ella).

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  3. Muchas gracias excelentes concejos lo voy a intentar

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  4. Mi hijo no quiere despegarse de mi ni un solo instante. Estoy en mi último mes de embarazo. Siento que esto le está afectando muchísimo porque me hace rabietas por ejemplo porque quiere que lo cargue y a esta edad gestación al ya se me hace imposible. Me da temor cuando nazca la niña xq el ha estado con nosotros 3 años siendo único, todas las atenciones para el y no se como se va a comportar. Por el momento hay días que pasa feliz y me dice Te Amo Mami... y yo también le corresponde pero hoy se puso fatal solo xq quería chineo.

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  5. Muchas gracias por tus articulos, para mi son realmente reveladores!

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