jueves, 22 de diciembre de 2016

Los límites y el llanto

"Siento feo platicar con ella y explicarle y que ella llore. ¡Ayuda por favor!"

"... porque si no se pasa el rato agarrándome de las piernas y no puedo verla llorar. ¿Alguna orientación por favor?"

"Aún así, nada lo conforma y siempre termina en llanto. Esto me enoja y me entristece. ¿Algún consejo?"

Estas tres frases están sacadas de consultas de madres que me han llegado en los últimos días. ¿Veis qué tienen en común? Todas están comprometidas con la crianza respetuosa, y a todas les gustaría establecer un límite de algún tipo pero no lo hacen porque sus hijos lloran, lo cual les causa frustración, enojo, desesperación... 



¿Qué podemos hacer?

Lo primero de todo, cambiar la perspectiva del llanto. El llanto no es negativo de por sí. No es nada malo. Los niños pequeños tienen muy pocas herramientas de comunicación, y el llanto es la primera que dominan. Durante sus primeros años, cuando no sepan como comunicarnos algo es probable que recurran al llanto. Si nos convencemos, de verdad, que el llanto es comunicación, nos liberamos de la carga de hacer que pare, y la cambiamos por la responsabilidad de escucharlo y entenderlo. 

Nosotros somos los adultos.

Sé que en la crianza respetuosa el tema de los límites no está bien visto por algunos, pero sinceramente, no puedo estar de acuerdo. Los límites son necesarios. La sociedad tiene límites, la convivencia implica límites, proteger la salud y la integridad física implica límites. Nuestros hijos pequeños son como pequeños alienígenas recién aterrizados en el planeta Tierra, y nos necesitan para que les expliquemos qué cosas se pueden y qué cosas no se pueden hacer. Ellos no quieren ponerse en peligro, o ponernos en peligro a nosotros, o ofender a alguien sin querer, o que alguien se lleve una mala impresión de ellos. Y en parte es nuestra responsabilidad ayudarles en ese proceso de aprendizaje.

Esto requiere entonces que reflexionemos nuestros límites. Límites que cubran las necesidades de todos dentro de lo posible. Límites establecidos por salud, por seguridad, y por respeto a ellos mismos, a nosotros, y a todos los que nos rodean. Esto significa que nosotros decidimos los límites pensando en lo mejor para ellos y una vez decididos los establecemos con seguridad y confianza.

Nosotros, por lo tanto, tenemos la responsabilidad de poner los límites, pero eso no significa que a nuestro hijo le tenga que gustar. 

Tienen derecho a expresar su desacuerdo.

Los niños están en todo su derecho a decir que algo no les gusta. Si es un límite que has puesto en un impulso, sin una convicción detrás, esa expresión de desacuerdo te va a hacer dudar, y puede que te haga cambiar de opinión. No pasa nada, forma parte del arte de la conversación y la negociación. Si el llanto de tu hijo te está expresando que eso que quería hacer, y que le has dicho que no, era mucho más importante para él que tus motivos para decir que no y decides cambiar de opinión, no hay nada malo en ello. Pero si es un límite reflexionado, meditado y firme, el llanto de tu hijo no tiene por qué hacerte cambiar de opinión. Cuando esto pasa, cuando hacemos algo que no queremos hacer, nos sentimos forzados, nos sentimos fuera de control, y a veces incluso terminamos sintiendo resentimiento. No es justo que los niños perciban eso de nosotros. A nadie le gusta sentir que alguien a quien adoran les tiene resentimiento de cualquier tipo.

Para evitar esas idas y venidas, lo mejor es tener los límites justos y necesarios: Bien pensados, con fundamento, de los que estemos totalmente convencidos. Mientras más seguros estemos de esos límites, más consistentes seremos y más confianza en nuestra decisión proyectaremos. Tanto la consistencia como nuestra confianza en esos límites ayudarán a nuestros hijos en el proceso de aprendizaje de las normas de la familia.

Los límites como guías

Hace tiempo leí un paralelismo que me ayudó mucho a entender lo beneficioso que son los límites en el desarrollo de los niños:

Imaginad que vais conduciendo por una carretera, de noche y lloviendo, y tenéis que cruzar un puente. Si la calzada no está pintada y bien delimitada, iremos tentativamente, despacio, temerosos de que en cualquier momento podamos caernos al río. Sin embargo, si la calzada está pintada y perfectamente delimitada, pasaremos con confianza y tranquilidad, sabiendo que si permanecemos dentro de esos límites no nos va a pasar nada. 

Con los niños sucede lo mismo. Cuando los límites son claros y consistentes, los asimilan mejor y pueden centrarse en explorar, desarrollarse y aprender otras cosas.


¿Qué hacemos con el llanto entonces?

Permitirlo. Aceptarlo. Validarlo. Acompañarlo. Consolarlo. 

"Lo sé, cariño, quieres que me quede contigo. Ahora tengo que ir al baño, en cuanto termine vuelvo."
"Ya estoy aquí. No te ha gustado que me vaya, lo sé. ¿Quieres un abrazo?"
"Estás enfadado porque no te dejo encender la tele. Te gusta mucho la tele, lo sé. A nadie le gusta que no le dejen hacer cosas que les gustan mucho. ¿Quieres un abrazo?"

¿Qué no debemos hacer ante el llanto?

Afearlo. Pararlo a toda costa. Hacer cosas que hemos decidido no hacer. Enfadarnos. Castigarles. Pegarles "para que tengan un motivo de verdad".

Este tipo de comportamientos nos alejan emocionalmente de nuestros hijos. Bien porque ellos se sienten incomprendidos, o bien porque siembran en nosotros un sentimiento de resentimiento y descontrol que nos hace sentir mal. Además, transmiten la idea de que el llanto es malo, que no está bien expresar nuestras emociones, y a la vez dificultan la aceptación de esas emociones en otros, con lo que corremos el riesgo de caer en ciertos problemas de salud emocional.

Sus emociones no son tus emociones


Cuando conseguimos separar su estado emocional del nuestro. Cuando conseguimos mantener la calma cuando ellos están enfadados, tristes, o asustados, estamos en situación de ayudarles verdaderamente de una forma que no sería posible si nos sumáramos al enfado, a la tristeza o al miedo con ellos. Por esto es importantísimo que los adultos trabajen mucho su inteligencia emocional, y que tengan consciencia de qué cosas originan fuertes reacciones en ellos mismos, que aprendan a reconocer cuando están empezando a perder el control y que aprendan formas de gestionar esas reacciones y esas emociones de forma saludable. 

Sé que esta es probablemente la parte más difícil de todas, porque requiere un trabajo que normalmente no hemos realizado en nuestra niñez porque entonces los términos de inteligencia emocional eran desconocidos para la inmensa mayoría de nuestros padres. Pero nosotros tenemos en nuestras manos el conocimiento y el poder de cambiar esto, y de conseguir que nuestros hijos tengan una mejor educación emocional de la que tuvimos nosotros.

No entres en luchas de poder

No intentes explicarle una y otra vez tus motivos para ese límite esperando que lo comprenda y lo acepte de buen grado. Si tu hijo es pequeño, las probabilidades de que eso sucedan son muy bajas. Explícaselo una vez, por supuesto, pero después limítate a reafirmar el límite y aceptar la reacción. Si intentas convencerlo de que tienes razón, tu peque intentará hacer lo mismo contigo, entraréis en una discusión que no llevará a ninguna parte, más que a generar frustración y a escalar el enfrentamiento. Si tu límite es firme, evita las luchas de poder.

En resumen: establece tus límites, acepta su llanto.

Si has decidido que tu peque ve demasiada tele y quieres reducirlo. Establece unos horarios con lo que te sientas cómoda, explícaselo al peque, y acepta su reacción. Si pega o se pone en peligro, bloquéalo, pero si llora o se desborda emocionalmente: acepta, valida, ofrece consuelo.

Si has decidido que quieres destetar por la circunstancia que sea. Asegúrate de que es lo que quieres hacer, busca apoyo de asesoras de lactancia para que te aconsejen como hacerlo sin provocarte problemas de salud como mastitis o ingurgitaciones, y cuando estés 100% convencida de que es lo que quieres hacer y de cómo lo quieres hacer desde el punto de vista de la salud, explícaselo al peque, haz si quieres algún ritual de despedida, y acepta su reacción. Si pega o se pone en peligro, bloquéalo, pero si llora o se desborda emocionalmente: acepta, valida, ofrece consuelo.

Si quiere ir al parque pero se ha hecho muy tarde. Explícaselo una vez y acepta su reacción. 

Si quiere comer el caramelo que le acaban de dar, pero ya casi hora de comer. Explícaselo y acepta su reacción. 

No le ignores hasta que se calme. No cedas en hacer lo contrario de lo que has decidido. No intentes convencerlo de que tienes tus motivos esperando que te diga "tienes razón, papi". No te contagies de sus emociones. 



Respira hondo y mantén la calma. Muestra confianza en tu decisión. Acepta su desacuerdo. Ofrécele comprensión. Valida sus emociones. Ofrece consuelo. Ofrece un abrazo.





"La vida está llena de momentos que nos generan emociones de todo tipo. Pero en los momentos difíciles a todos nos gusta contar con alguien que, a pesar de no poder arreglar la situación, nos hace sentir escuchados, comprendidos y acompañados.  

Sé esa persona para tus hijos."

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¡Feliz Crianza!

7 comentarios:

  1. Muy bueno el post yo tengo una pregunta mi hija de 9 años tiene desbordes emocionales y confieso que la crianza respetuosa es algo nuevo para mi pero me parece tan adecuada que quiero practicarla antes frente a estos desbordes le daba nalgadas o le ponía castigos me hhe dado cuenta que no sirvieron de nada pero puedo dar un nuevo comienzo o estos métodos solo funcionan con niños pequeñitos

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    Respuestas
    1. Hola Ludmila, aunque en general estos consejos están dirigidos a niños más pequeños la base del respeto es aplicable a personas de cualquier edad. Evidentemente, con 9 años algunas cosas van a tener que ser diferentes necesariamente, pero en el tema de la validación de las emociones yo diría que aplica al 100%. Veo mucha gente que entiende los desbordes emocionales como problemas de comportamiento a corregir, y no estoy nada de acuerdo. Una rabieta es un rollo, pero que sea una inconveniencia no significa que sea algo a corregir. Estoy 100% convencida de que a cualquier edad las emociones sólo hay que escucharlas, validarlas, acompañarlas y permitir que se expresen.

      Quiero advertirte que los 9 años puede ser una edad bastante complicada. Los cambios de la adolescencia empiezan ahora y con su cuerpo y mente infantil les resulta muy difícil de manejar, así que se encuentran totalmente descontrolados. Cuando ya entran en la adolescencia, esos cambios se van asentando y en muchos casos si la pre-adolescencia se ha llevado bien, la adolescencia resulta más pacífica que la etapa anterior.

      ¿Qué te puedo aconsejar para esta etapa?

      Aumenta la conexión al máximo: pasa tiempo con ella a solas, instaura alguna tradición sencilla como compartir la una con la otra los mejores y los peores momentos del día a la hora de dormir, reuniones familiares semanales para hablar de cualquier asunto que pueda haber surgido durante esa semana (si buscas reuniones familiares disciplina positiva en google seguro que encuentras tips), busca momentos en los que hagáis cosas juntas, pero también busca momentos en los que hagáis cosas en paralelo, la una junto a la otra pero cada una a lo suyo (da sensación de cercanía a la vez que dejamos espacio, y al estar cerca y disponibles pueden dar lugar a que surjan conversaciones interesantes)

      Valida las emociones pero no te dejes contagiar por ellas: cuando tenga un desborde, valida; cuando te venga contando algo del cole, valida; pero procura no reaccionar tú reflejando la misma emoción o una más fuerte a la que ella está mostrando. Céntrate en reaccionar con calma cuando ella está más descentrada. Es la mejor manera de ayudarle a volver a encontrar su centro.

      Dale oportunidades para resolver problemas y conflictos: Si tenéis problemas de convivencia en casa, por ejemplo las mañanas son muy estresantes y siempre salís de casa enfadadas, sentaos juntas en un momento en el que estéis bien (conectadas, sin hambre, sin sueño) y plantea el problema como algo para resolver juntas: "Las mañanas son muy estresantes y no me gusta empezar el día enfadada contigo, ¿me ayudas a buscar una solución?" Deja que ella proponga soluciones. Por supuesto, si acordáis algo y luego en la práctica no funcionan, volvéis a reuniros y a plantear el problema para buscar otra solución. Pero tienen que ser soluciones que funcionen para todos, no sólo para ella y no sólo para ti. Cuando tenga problemas ajenos a ti, da también oportunidad para que sea ella quien busque soluciones. En lugar de proponerlas tú, limítate a escucharla, a validar, y a reflejar lo que está diciendo evitando aportar nada de tu cosecha.

      Deja que ella te marque el camino en la búsqueda de autonomía e independencia: está en una edad que habrá veces que quiera ser adulta y otras que se sienta como una niña pequeña. Dale espacio cuando te lo pida, y cercanía cuando la busque. Déjale que intente hacer cosas por sí misma aunque sea más lento o ensucie más que cuando lo haces tú. Pero también sé consciente de cuando te pide ayuda para algo que sabe hacer porque puede que esté buscando una excusa para conectar contigo.

      Te recomiendo que leas alguno de los libros que recomiendo en este post, especialmente creo que te beneficiaría leer el de "Cómo hablar para que tus hijos escuchen":
      https://goo.gl/Jr8XmC

      Enhorabuena por estar dispuesta a hacer el cambio. Si tienes más preguntas o si quieres plantearme alguna situación concreta ya sabes donde encontrarme.

      Un saludo,
      Rosa

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    2. Te dejo un enlace a un nuevo post que por tratarse de edades similares te puede ayudar también:http://crianzarespetuosayconsciente.blogspot.com.es/2017/02/consultas-del-blog-desbordes.html

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  2. Muy bueno, Rosa. Estoy aprendiendo mucho

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    Respuestas
    1. Gracias :) Me alegro de que te resulte útil el blog :)

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  3. Muchisimas gracias Rosa estoy descubriendo un mundo nuevo con la disciplina positiva realmente es lo mas apropiado para los niños y para los adultos jaja felicidades por tu trabajo realmente tus post ayudan muchísimo soy fan de tu blog!

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