lunes, 1 de agosto de 2016

Cómo sobrevivir a las rabietas cuando estamos de vacaciones

A nosotros nos encanta viajar. No somos viajeros mochileros precisamente, somos más bien comodones, de hotelito y agencia, pero nos gusta salir a conocer mundo. Antes de tener al peque habíamos estado en Perú, Noruega, Vietnam, Egipto, Turquía, Nueva York... Así que cuando nació pensamos que íbamos a tener que hacer un parón. El caso es que un puente por Sierra de Gata, Cáceres, cuando tenía 5 meses salió tan bien que nos hizo querer probar a viajar con él. Con 7 meses hizo su primer viaje al extranjero, empezamos fácil, a Budapest, una sola ciudad y un solo alojamiento. Desde entonces ha hecho una ruta por el País Vasco en furgoneta pero con un solo alojamiento también, un crucero por el mediterráneo, unos días en Praga, unos días en Marrakech con excursiones en los alrededores, Nueva York, Praga, Lisboa... Vamos, que hemos viajado con él todo lo que hemos podido, y siempre ha salido genial. Así que nos hemos envalentonado y para este verano planificamos una ruta en coche alquilado por Islandia, durmiendo cada noche en un alojamiento distinto, dándose además la circunstancia de que era el primer viaje largo desde que dejó de usar pañales. Y ahora ya de vuelta, creo que nos pasamos de optimistas. Probablemente era un poco pronto aún para este tipo de viaje y tanto cambio le ha producido bastante desasosiego y por lo tanto hemos tenido más dificultades que de costumbre para conseguir su colaboración. Durante este viaje hemos atravesado una o dos rabietas diarias, de intensidad variable, normalmente media-baja, pero al menos tres rabietas de intensidad alta en el periodo de una semana, con un niño que de normal tiene desbordes emocionales muy esporádicamente y cuando los tiene estos son de intensidad baja. Me he dado cuenta de lo difícil que debe de ser mantener la calma necesaria para establecer una crianza respetuosa cuando tu hijo es así de intenso de normal. Y lo difícil que es especialmente en una circunstancia como las vacaciones, ya que tienes sitios a donde ir, cosas que ver, y además cierta presión por disfrutar sí o sí. 

En los viajes, como en la vida, no puedes controlar todas las situaciones ni sus circunstancias, pero sí que puedes controlar tu actitud y cómo te enfrentas a ellas. Así que nos hemos encontrado con un niño con muchas más rabietas que de costumbre, de una intensidad más alta, y en una situación en la que era fácil que unos padres, con algo de falta de práctica y en el contexto estresante de un viaje, perdieran los nervios. ¿Cómo nos la hemos apañado? ¿Qué hemos hecho? ¿Qué ha funcionado y qué no?


Empiezo por lo que NO ha funcionado:

* Enfadarnos: Ni una sola vez ha servido más que para empeorar la situación. Si mi marido o yo perdíamos los nervios y nos enfadábamos, la rabieta se alargaba, y el mal rollo se extendía al otro adulto. Se daba la circunstancia de que en ocasiones pasaba la rabieta pero continuaba el enfado del adulto. Entiendo que es difícil controlar cuando, cómo y durante cuanto tiempo nos enfadamos, pero la lección a aprender de esto es, si es difícil para nosotros, imagina lo imposible que debe de ser para nuestro pequeño.

* Reñir: Con el enfado a veces iba una regañina, que de nuevo solo servía para empeorar la situación. Si acaso servía para que el adulto que la daba tuviera una cierta ilusión de control de la situación, pero era solo eso, una ilusión.

* Amenazar: No con violencia, en ningún momento se ha llegado a ese nivel de pérdida de control, pero sí con irnos del sitio donde estábamos. Igualmente, sólo servía para empeorar el ambiente y empeorar la rabieta.

Qué ha funcionado A VECES aunque quizás no fuera lo más recomendable

* Distraer: funcionaba a veces, cuando el peque no estaba especialmente colaborador pero tampoco estaba en plena rabieta.

* Ofrecer recompensas: funcionó los primeros días, después nada, y lo mismo, solo funcionaba para conseguir algo de colaboración pero nunca para parar una rabieta. Para eso no funciona.

* Forzar la situación y hacer las cosas de todas maneras: a veces funcionó porque al cambiar de ambiente el niño cambiaba también de estado mental, pero otras veces solo sirvió para empeorar la situación, así que era una táctica un poco peligrosa que nunca sabías muy bien cómo te iba a salir.


Qué nos ha funcionado CASI SIEMPRE:

* Ofrecer algo de control al niño: observando al niño y los momentos en los que se producían las rabietas me di cuenta que estaba casi todo el tiempo intentando controlar cosas, del tipo decir que no llueve cuando sí estaba lloviendo, o decir que era por un camino cuando girábamos por el camino contrario, o exigir que yo no me pusiera tal cosa, o insistir en que la camiseta que llevaba llena de manchurrones estaba en realidad limpia. Me hizo darme cuenta de que parte de estas emociones que lo desbordaban nacían de una sensación de falta de control sobre lo que sucedía a su alrededor. Esa falta de control sobre lo que hacíamos en el día a día se tradujo en un afán desmedido por controlar lo que NO hacía: no quería vestirse, no quería bajar del coche, no quería mirar a la cámara para las fotos. La lucha por vestirlo era especialmente fastidiosa porque era imprescindible y porque era una manera bastante mala de empezar el día, y curiosamente fue la más fácil de resolver: empecé a darle a elegir cada mañana entre dos prendas. "¿Quieres esta camiseta o esta otra?" Elegía una y se la ponía tan contento, para él servía como forma de recuperar un poco de control sobre su vida. Esto servía para prevenir pero evidentemente no para resolver una rabieta ya en curso.

Un mantra para grabarse a fuego
* Intentar entender qué era lo que pasaba y entender que los responsables de lo que pasaba éramos exclusivamente los adultos: nosotros éramos los que habíamos decidido cómo iba a ser nuestro viaje, si el peque no lo llevaba bien, no era justo echarle ningún tipo de culpa. Cuando nuestros pensamientos iban por la ruta de "pobrecillo, qué mal lo está pasando" en vez de "hay que ver lo mal que se está portando", nuestra actitud era mucho más positiva y conductiva hacia una solución.

* Jugar y contar cuentos: convertirlo todo en un juego ayudaba a prevenir las rabietas y los cuentos nos han ayudado a calmarlo varias veces justo después de una, y otras veces simplemente hacían el camino más ameno. En general, en este viaje he contado un MONTÓN de cuentos, sobretodo sobre las cosas que habíamos hecho o que habíamos visto, porque me parecía que le ayudaba a entender algunas de las experiencias que estábamos teniendo. Más de una vez he utilizado una técnica de la que os voy a hablar en un próximo post que consiste en conceder con la imaginación lo que no le puedes/quieres dar en ese momento, y suele funcionar muy bien, sobre todo cuando lo convertía en un juego de magia que no salía bien: "¿Quieres que aparezca otro túnel? Espera voy a intentar hacer magia: Abracadabra, que aparezca otro túnel... ¡YA! Uy, no ha funcionado. Cachis." Dicho con un poco de gracia terminaba convirtiendo la situación en un momento divertido y de risas.

Introducir actividades para ellos reestablece la calma
y sentirse tenidos en cuenta les ayuda a estar más colaboradores.
* Cambiar de planes: Nosotros queríamos ir a ver unos acantilados y hacernos unas fotos. El peque no quería mirar a la cámara con lo que las fotos no tenían mucho sentido. Empieza el mal humor porque el niño no colabora. Solución, dejar los planes de ir al faro y a otras partes del acantilado que suponían el mismo plan y bajarnos directamente a la playa con cubo y pala para al menos pasar un momento agradable en familia en un entorno precioso. A veces no hay más remedio que reconocer que viajar con una persona más, especialmente si es un niño, implica dejar de hacer algunos planes que nos apetecen a los adultos y cambiarlos por otros más apropiados para ellos. 

* Anticiparnos a sus necesidades: comida, agua, sueño, conexión, ir al baño. En el coche teníamos comida SIEMPRE disponible, nos asegurábamos de tener agua y zumos y de ofrecerlos con frecuencia, los cuentos y el contacto físico continuo (mi peque es super mimoso) intentaban cubrir la necesidad de conexión. Lo más problemático para nosotros fueron el sueño y el baño. El sueño porque sigue necesitando hacer una siesta, que dura normalmente entre hora y media y tres horas. El tener un recorrido planificado hacía que no siempre cuadrara la hora de dormir con los tramos de carretera más largos. Los primeros días las rabietas más enormes fueron por esto, así que aprendimos la lección y empezamos a dar espacio para siestas de al menos dos horas, aunque esto significara esperar una hora en el parking de la siguiente visita. Con lo que no contábamos era con el habitual mal humor con el que se despierta normalmente de las siestas, así que aun así costaba un poco la transición a la siguiente actividad, un par de veces incluso eligió quedarse en el coche solo mientras nosotros íbamos a ver lo que fuera. Una de las veces lo hicimos, era ver un cráter y el parking estaba a unos 20 metros, no creo que tardáramos ni 2 minutos en ir y volver. En cuanto volvimos y arrancamos, el niño se quedó tan pancho. Las siguientes visitas ya las hizo bien. En otra ocasión salimos del coche, y nos alejamos un poco, pero esta vez no era una visita que pudiéramos hacer en un tiempo tan breve como para que nos sintiéramos cómodos dejándolo solo, así que volvimos a por él. En cuando abrimos la puerta él mismo propuso ir en carrito, cosa que ya habíamos propuesto nosotros antes y se había negado. Al poco de empezar el paseo en carrito pidió bajarse y continuó la visita andando tan contento. El baño fue otra causa de conflicto. Me llevé un adaptador que se plegaba muy pequeño comprado expresamente para el viaje y resultó que no lo quería ver ni en pintura. El pis no suponía problema ninguno, ventajas de ser un varón. Ha ido haciendo pis por media Islandia. La caca fue un problema desde el mismo avión. Tenía ganas pero se negaba a hacerlo en los baños públicos, ni con adaptador ni sin adaptador. Tardó tres días en hacerlo por primera vez, sin adaptador y en el baño de uno de los alojamientos. A partir de ahí sólo lo quiso hacer así, en los baños de los hoteles donde nos quedábamos. Hubo un día que me puso nerviosísima, que fue el precursor de la rabieta que os cuento más abajo, la de los barquitos. Estábamos en un museo y estaba jugando en una sala de juegos que tenían. Empezó a hacer el bailecito de la caca. Salimos corriendo al baño pero se negó a sentarse y pidió volver a jugar. Insistirle no funcionó así que volvimos. Al rato pidió ir al baño de nuevo. Salimos corriendo y lo mismo, se niega a sentarse en el baño. Intento insistirle y nada. Me empiezo a poner nerviosa pensando en las consecuencias si se lo hace encima (en ese momento no teníamos ni muda con nosotros, estaba todo en el coche). Volvemos a la sala de juego. Repetimos la secuencia al menos una vez más para mi desesperación. Nos vamos del museo y pide hacer pipí. Lo lleva el padre porque yo estaba ya atacada y el niño que nota mi estado se rebela y empieza a llorar porque quiere que lo lleve yo. Al final vuelven sin haber conseguido hacer pis tampoco. Lo único que funcionó fue ponerle un pañal (todavía lo usa para dormir y a veces también para siestas), en el momento en el que mi mente dejó de visualizar consecuencias horribles de que se hiciera sus necesidades encima me relajé y fui capaz de actuar con él con la paciencia necesaria. Aquella noche fuimos a cenar a un restaurante, que también tenía sala de juegos, y repetimos la escena del museo un par de veces más, pero esta vez sin que yo me pusiera nerviosa. Al final se lo terminó haciendo encima, pero simplemente esperé a que terminara y me lo llevé al baño a limpiarlo. Después de aquello la cena continuó a la perfección. El sueño y la caca han sido lo que más han afectado al día a día en el humor del niño. En retrospectiva, tal vez habría sido mejor planificar las excursiones solo por la mañana, si es que eso era posible, y desde luego me habría llevado el adaptador de casa, a pesar de ser más voluminoso, habría merecido la pena.

Qué nos ha funcionado SIEMPRE:

Papá aguantando el chaparrón
sin enfadarse durante una rabieta.
* Mantener la calma: es lo único que es a prueba de fallos. Mantener la calma siempre que humanamente podíamos ha sido esencial, siempre que lo conseguíamos la situación mejoraba.

* Actitud positiva: Si veíamos el comportamiento del peque como gajes del viaje, y nos lo tomábamos con algo de humor incluso, la cosa se resolvía antes y mejor.

* Mucho amor: ni sé la de besos que hemos dado en este viaje. Muchos, muchos, muchísimos. Cuando se estaba "portando bien", pero sobretodo cuando se estaba "portando mal" (si los aceptaba en ese momento). Más de una vez me ha ayudado a canalizar un enfado mío de una manera más positiva. Recuerdo un momento concreto, antes de empezar a utilizar la técnica de darle a elegir su ropa, que estaba empezando a ponerme nerviosa porque no había manera de vestirlo. Empezar el día con una rabieta, sin siquiera haber desayunado, es fácil que descoloque a cualquiera. Salí del baño enfadada con una energía un poco negativa, lo cogí en volandas lo eché en la cama y me puse a darle besos, un pelín fuertes, un pelín duros, pero besos, por toda la cara, y abrazos también. El peque empezó a abrazarse y a pedirme que le diera los besos más despacito, lo hice. Me pidió un abrazo fuerte, lo hice. Terminé cogiéndolo en brazos, abrazándolo fuerte y dándole besitos. Ayudó muchísimo a canalizar la situación y me ayudó a recuperar la calma rápidamente. Los abrazos y los besos son terapéuticos, no solo para ellos, también para nosotros. He de decir que esto funciona siempre con mi peque porque es muy, muy mimoso, pero puede empeorar la situación con un niño que reclame espacio cuando se enfada. Es cuestión de conocer al niño y proceder como sea mejor en su caso.

Un paisaje de cuento
* Permanecer en el momento presente: esto me parece imprescindible. Si algo he aprendido estos días es que las rabietas vienen y se van, y en cuanto se van, el niño pasa página. Inmediatamente. Nunca olvidaré un momento que hubo durante el viaje que me hizo reír hasta las lágrimas, de tensión acumulada. Después de un berrinche monumental en el que el niño se negaba a absolutamente todo lo que se nos ocurría, después de intentar obligarlo a sentarse en la silla del coche sin éxito y que terminara dormido acurrucado en mi regazo, después de intentar pasarlo al carrito para por lo menos poder ir a comer mientras él dormía y que se despertara enfadadísimo, que pidiera esta vez sí montarse en la silla del coche y pudiéramos por fin arrancar y seguir el viaje... En cuanto arrancó el coche y nos pusimos en movimiento dijo con un tono super alegre "¡Adiós, barquitos!" a los barcos del puerto pesquero que habíamos estado visitando, e inmediatamente se puso a cantar. Si el niño pasa página, el adulto tiene que conseguir pasar página también. No ayudaba nada cuando nos adelantábamos a los acontecimientos "Buff, verás mañana la que nos monta" nos ponía en un estado mental que no conducía a nada bueno. No ayudaba nada cuando nos quedábamos anclados en el pasado y el mal humor y la tensión nos duraba más que a él. Vivir el presente era lo único que nos ayudaba. En cuanto el niño estaba bien, todo el mundo estaba bien, a disfrutar y a aprovechar el momento.

Probando un trocito de glaciar
Sólo quiero añadir que algunas veces la gente que viaja con sus niños tiende a no contar estas cosas porque parece que le da argumentos a la gente que no viaja o que directamente le parece mal que otros lo hagan. Mi opinión es que es mejor normalizarlo. Cuando viajas los niños van a tener rabietas, porque también las tienen en casa. En este caso tuvo más que de costumbre porque las circunstancias no fueron las más adecuadas para él. Por eso es necesario conocer al niño y planificar los viajes con él en mente. Pero para mí, para mi familia, lo que nos aporta viajar juntos es tanto, que no lo cambiaría por nada del mundo. De esta experiencia sólo nos queda aprender de los errores que pudiera haber para intentar no repetirlos en viajes futuros, y quedarnos con los momentos buenos, que fueron muchos y muy enriquecedores: aprender qué es un geyser, caminar en montañas de musgo, pasar por detrás de una cascada, comer un trozo de hielo de glaciar, salir en barco a ver ballenas, ver una tormenta bajo nosotros desde el avión... Cosas que hacen que viajar merezca la pena a pesar de algunos momentos difíciles, que al fin y al cabo forman parte de la vida. Es nuestra manera favorita de regalarle a nuestro hijo sus alas.



Acabamos de volver y el peque ya está preguntando a dónde vamos ahora.

¿Cuál ha sido vuestra experiencia viajando con niños? ¿sois de los que estas cosas os echan para atrás o de los que viajáis a pesar de todo? ¿Cómo gestionáis las rabietas de los peque cuando estáis de vacaciones? Me gustaría contaros como fue una de las rabietas más fuertes y que creo que resolví de una manera más respetuosa de la que en el momento me sentí muy orgullosa, pero la entrada de hoy ya me ha quedado bastante larga, así que os lo cuento el próximo día.


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¡Mil gracias por leerme!

¡Feliz Crianza!

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