miércoles, 3 de agosto de 2016

Mi experiencia: Sobrellevar una rabieta en público

Hace pocos días me topé con un post en facebook que hablaba de las rabietas en público. Lo he buscado para compartirlo con vosotros, pero no recuerdo en qué página lo vi, ni siquiera recuerdo si era un meme, un post o un artículo, así que no he sido capaz de encontrarlo. El mensaje venía a ser este:
"Cuando tu hijo tiene una rabieta en público todos las miradas van a ti, porque en realidad lo que tú hagas, cómo tú respondas a esa rabieta, es lo que de verdad importa y lo más decisivo sobre cómo se va a desarrollar la misma. No te están juzgando, sólo te están observando. Cuando pierdes los nervios y empeoras la situación, ahí es cuando empiezan a juzgarte."

No es que sea un mensaje especialmente positivo, al fin y al cabo habla de juzgarte como padre/madre. Pero sí me hizo ver que cuando la gente te miraba durante una rabieta no era porque esperaba necesariamente mano dura. Desde luego, cuando he sido yo la que observaba, lo que esperaba era todo lo contrario.

Esto lo cuento porque me ayudó durante una enorme rabieta que se produjo durante el viaje que os conté en mi última entrada, en una situación totalmente pública, en la que yo me encontraba totalmente sola, y que creo que resolví de una manera de la que podía sentirme orgullosa en mi camino como madre.


Todo empezó en la cola para entrar a una de las atracciones más conocidas de Islandia, el Blue Lagoon, una piscina termal maravillosa donde íbamos a tomar un último baño unas horas antes de volar de vuelta a Madrid. Estábamos dentro, en la taquilla, mi marido hablando con el dependiente que le daba las pulseras que daban acceso al recinto, y yo con el peque. De repente dice que quiere hacer pis. No podíamos entrar aun, y salir no era lo más práctico porque había gente haciendo cola para entrar que nos bloqueaba el paso. Le digo que necesito que espere un poco y se enfada, comprensible, al final entramos pero ya va enfadado. Nos tenemos que separar para entrar a los vestuarios así que me llevo yo al peque. Justo antes de entrar le digo, "ven, que vamos a hacer pipí" y empieza a decir que pipí no, y se tira al suelo. Al tirarse para atrás se da un golpe en la parte de detrás de la cabeza y se pone a llorar. Lo cojo en brazos y lo voy consolando mientras voy entrando en el vestuario. Cuando estamos dentro empieza a llamar a su padre, que ya está en otra planta del edificio, y sigue negándose a hacer pipí.

Así que me encuentro sola, en un vestuario lleno de gente, con un niño llorando por su padre, que se acaba de dar un buen coscón y que se niega a hacer pis a pesar de que lo necesita imperiosamente. ¿Qué hago?

Primero, busqué una zona del vestuario donde hubiera menos gente, y a poder ser, que hubiera mujeres mayores, con más posibilidades de que fueran comprensivas ante la situación.

Segundo, respiré hondo y miré al techo un segundo mientras tenía el peque en brazos.

Tercero, me centré en mantener mi tono de voz suave y dulce, como si el peque no estuviera llorando, como si lo que me decía fuera en un tono de voz normal.

Empecé a guardar mis cosas en la taquilla mientras el niño se revolcaba por el suelo. Lo cogí en brazos y me senté con él un momento en un banquito. Le dije que nos teníamos que poner el bañador para la piscina, que papá nos estaba esperando allí, y que lo iba a ayudar a cambiarse.

Empecé cambiándole los zapatos por las chanclas de agua, a la fuerza. El niño se resistía pero juro que conseguí mantener una calma total a pesar de que mis movimientos eran firmes. En ese momento se tranquilizó un poco y pidió hacer pipí. Salimos corriendo en busca del baño y lo hizo. Parecía que podía haber cesado aquí la tormenta, pero en cuanto salimos del baño, salió corriendo por el pasillo y volvió a empezar a llamar a su padre mientras lloraba. Llegó al final del pasillo y se tiró al suelo, yo me acerqué andando, lo cogí en brazos y me lo llevé a nuestra zona del vestuario. Lo tumbé sobre el banquito y mientras le hablaba con tono tranquilo empecé a quitarle el pantalón y a ponerle el bañador. El peque se resistía y lloraba, pero conseguí hacerlo una vez más permaneciendo firme, transmitiendo confianza y manteniendo la calma. Sabía que la camiseta no iba a ser capaz de quitársela a la fuerza así que se la dejé puesta. Habrá quien no se sienta cómoda con usar la fuerza con los niños. Yo en general prefiero no hacerlo, pero en una situación como esta en la que es imposible conseguir su colaboración y en la que hay un límite de tiempo, considero que lo que más le beneficia es conseguir avanzar y cambiar de ambiente. Aquí en concreto, la mejor manera de conseguir que pasara la rabieta era conseguir pasar a la piscina, sabía que en cuanto la viera se calmaría, si es que no se había calmado antes.

No recuerdo bien en qué momento me cambié yo, no recuerdo si fue antes de cambiarlo a él o después. Creo que fue después, pero no estoy segura. Aunque hacía el esfuerzo por permanecer tranquila, la verdad es que la situación era muy estresante, y estaba más centrada en el estadio emocional del niño que en lo que yo estaba haciendo, así que ya no recuerdo. Sí que recuerdo que cuando por fin estábamos los dos cambiados, aunque él aún tenía su camiseta puesta, llegó la parte con la que más cómoda me siento de todo el episodio: la reconexión. Lo cogí y me senté, con el firme propósito de quedarme allí el tiempo que hiciera falta. El peque se acurrucó en mi cuello, y yo empecé a mecerme un poco y a canturrear. El peque fue dejando de llorar poco a poco y a calmarse, y sorprendentemente, no tardó más de unos pocos minutos. Cuando noté que estaba más calmado, le dije que necesitaba cerrar la taquilla y que lo iba a dejar en el asiento un momento. Antes de hacerlo le pregunté: "¿Estás listo?", me dijo que sí y lo puse allí. Entonces me pidió que le contara un cuento, así que mientras terminaba de recoger empecé a contarle un cuento, con un tono super relajado, y continué contando el cuento mientras iba saliendo del vestuario con él en brazos. Mientras salíamos de allí, juraría que algunas de las mujeres que habían presenciado la escena estaban sonriendo con simpatía.

En cuanto salió del vestuario y vio a su padre en la piscina, se llenó de un entusiasmo que le duró el resto de la jornada. La sensación de haber lidiado con la situación sin perder los nervios, me ayudó a pasar página a mí también, y pudimos disfrutar todos de un estupendo baño para despedirnos de nuestro viaje por Islandia.

Lo malo de las rabietas en público es que nos hace sentirnos en ridículo. Nos aporta una tensión extra por qué pensarán los demás de nosotros como padres. Qué pensarán del "pollo" que estamos montando. Pensar en el mensaje que os mencionaba al principio del post me ayudó a convencerme de que la mayoría de los que observan entienden que los niños pasan por momentos así, y que lo único que de verdad censuran es cuando son los padres los que terminan entrando en una rabieta a su vez. Esto me ayudó a centrar todos mis esfuerzos en mantener la calma mientras durara la situación, en lugar de centrarme en pararla lo antes posible y a toda costa.

Cuando salimos, Papá dijo que llevaba unos 15 minutos esperando en la piscina, con lo que calculo que el episodio completo pudo durar unos 20-25 eternos minutos. Estoy segura de que mi gestión durante esos 25 minutos no fue precisamente perfecta, pero estoy contenta, no sólo por lo que hice sino por lo que no hice, y lo que no dije. Fueron para mí 25 minutos de Master Class en los efectos positivos del tipo de crianza que hemos elegido, en cómo sobrellevar una rabieta sin dañar mi conexión con mi hijo, en cómo superar una situación de esta sin necesidad de añadir presión al niño que bastante tiene ya con gestionar unas emociones que lo arrastran de esa manera, de cómo hacerlo mientras se cuida su salud emocional, sin añadir connotaciones negativas a sus emociones y a su expresión de las mismas, y de cómo soy capaz de mantener la calma en situaciones como esta. Espero ser capaz de conseguir este estado de paz mental en próximas ocasiones, que seguro, seguro, que se volverán a dar.



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¡Feliz Crianza!

5 comentarios:

  1. No siempre, no siempre! Pero cuando conoces la teoría y compruebas en la práctica que la calma del adulto es lo único que ayuda de verdad al niño en estas situaciones, no te queda más remedio que hacer el esfuerzo. He contado esta porque fue en la que conseguí mantener una calma verdadera, interior y exterior. O sea, que en las otras que hubo en el viaje, ya fuera por uno o por el otro, siempre había algún adulto dejándose llevar por la rabieta! Cuestión de práctica, supongo. Poco a poco. :)

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  2. Tendré en cuenta tus consejos cuando llegue esa etapa. Supongo que serán momentos de estrés nada fáciles de resolver.

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    Respuestas
    1. Será un poco más fácil si no lo ves como algo que tú tienes que resolver. Las emociones son suyas y será tu hijo quien debe gestionarlas. Tu papel está en acompañarlo, mantener la calma, y ofrecer consuelo cuando lo pida. Poco más, en realidad.

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  3. Rosa,

    Ayer descubrí tu blog y me he tiene enganchada. En este post me he decidido a escribirte (aunque yo NUNCA lo hago en ninguno) porque me he sentido muy identificada. Comparto la mayoría de aspectos del tipo de crianza del que hablas (aunque no conocía en absoluto a Magda Gerber y RIE), así como la mezcla de distintas corrientes (crianza con apego, respetuosa, consciente, Pikler, Montessori, etc.), pero sobre todo me identifico con lo que cuentas y me impresionan la sinceridad y detalles con que compartes situaciones concretas, dudas, errores y rectificaciones tuyas, sin duda muy íntimas. Me hace sentirme acompañada y comprendida y con más ganas de superarme y hacerlo cada día mejor.

    Por otro lado, estoy impresionada por tu facilidad para procesar y sintetizar tanta información, y te lo agradezco, porque me acostumbro a desesperar cuando (muy a menudo) me desoriento y creo que no soy nada coherente.

    En este caso en concreto, me he decidido a escribirte porque he conectado mucho con esta experiencia positiva ante una rabieta, con tu satisfacción por haber respondido bien ante ella. ¡Es tan importante saber reconocer cuando lo hacemos bien!, es sanador y reparador.

    Y por último, he decidio escribir para agradecerte la generosidad que muestras compartiendo tus reflexiones, conocimientos y experiencias. Me son de gran ayuda.

    Laia

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